Rma. Madre General, Sor Ilaria Nicolardi, queridas Hermanas,
Con esta celebración eucarística, vuestra Congregación quiere expresar nuestro común agradecimiento al Señor por esta nueva etapa en el proceso de reconocimiento de las virtudes heroicas de Madre Teresa Lanfranco. El apóstol Pablo nos invita a considerar este acontecimiento como un momento revelador del misterio de Cristo. El apóstol escribe: «Misterio escondido desde los siglos y las edades, pero ahora revelado a sus santos» (Col 1, 26; cf. Ef 3, 5).
Cristo se hace presente en sus santos. El encuentro con ellos es el encuentro con Jesús mismo, con el Evangelio vivido en la vida cotidiana y en la sencillez de la propia condición de laicos, presbíteros y consagrados. Los santos están llenos de luz porque están vacíos de sí mismos y, por tanto, son capaces de transfigurarse en la luz deslumbrante de Cristo resucitado. No tienen luz propia, sino que se dejan filtrar totalmente por el «sol de justicia», Cristo Jesús y, por eso, pueden, a su vez, iluminar el mundo. Convertidos en luz del mundo y sal de la tierra, glorifican con sus obras al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5, 14-16).
¡Los santos arrastran! Son como «imanes de gracia», verdaderas «estrellas en el firmamento», sabios «indicadores de camino». Nos acercan a Dios y nos hacen descubrir el verdadero rostro del Dios inefable e inaccesible. Abren de par en par las puertas de su corazón a Cristo y manifiestan las virtudes humanas y cristianas en la transparencia de su vida. Al hacerlo, hacen crecer a la Iglesia. Si hubiera más santos en la Iglesia, muchos indiferentes e indecisos se acercarían a Dios, conocer sus virtudes es el comienzo de un cambio radical de vida. Su ejemplo es una fuerza evangelizadora que debe valorarse mediante una invocación personal y coral y una imitación ejemplar.
La santidad, que es la plenitud de la vida cristiana, no consiste en realizar proezas extraordinarias, sino en unirnos a Cristo, en hacer nuestros sus sentimientos, pensamientos y comportamientos. La santidad es ser «más vivos y más humanos»1. Al respecto, san Agustín escribe: «Viva mi vida llena de ti»2.
Los santos son gente común, a veces sin heroísmo visible, pero en la bondad abundante de cada día hacen resplandecer la verdad de la fe. Su testimonio es la apología más segura del cristianismo. Son, en efecto, el ejemplo de una libertad que nace del amor. San Agustín, comentando el capítulo cuarto de la Primera Carta de san Juan, afirma: «Dilige et fac quod
vis», «Ama y haz lo que quieras». Y prosigue: «Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; que haya en vosotros la raíz del amor, ya que de esta raíz no puede proceder sino el bien»3.
La Madre Teresa Lanfranco pertenece a esta categoría de santos. Representa el tipo de los «santos de al lado, los que viven cerca de nosotros y son reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”»4. Su riqueza interior y sus cualidades espirituales iban acompañadas de la virtud de la humildad. Lo que más le importaba era la
gloria de Dios.Una hermana testifica de ella: «La Sierva de Dios, en el gran espíritu de humildad que cultivó a lo largo de su existencia terrena, se santificó en la vida cotidiana, en las cosas pequeñas*
Homilía en la Misa de clausura de la Investigación Diocesana para la Causa de Beatificación e
Canonización de la Sierva de Dios Madre Teresa Lanfranco, Vicaria General del Instituto «Figlie Santa Maria di Leuca»,
Basílica de Leuca, 20 de julio de 2019.