Homilía en la Misa de la Beata Elisa Martínez, Basílica de Leuca, 8 de febrero de 2024.

Queridos hermanos y hermanas:
La memoria de los santos es una celebración de la santidad de Dios. Los santos son un reflejo de su santidad. Con su ejemplo de vida nos invitan a contemplar la santa humanidad de Cristo en la que resplandece la santidad del Padre.

Elevando nuestra oración al Señor, con las palabras del Prefacio testificaremos que «tu gloria resplandece en los santos y su triunfo celebra el don de tu divina misericordia». Es importante entender esta referencia cristológica y trinitaria. Al recordar la santidad de Madre Elisa, ella nos invita a contemplar la infinita santidad de Dios que brilla en Cristo Jesús. Hay dos características fundamentales que caracterizan la santidad de Dios: la gloria y la misericordia.

Gloria significa la belleza increada de Dios manifestada en la belleza creada de la humanidad de Jesús y de la humanidad de los santos. La gloria nos muestra todas las cosas hermosas que podemos conocer y ver acerca de Dios. Lo que se manifiesta y aparece a nuestra mirada. El resto permanece envuelto en el misterio. No podemos penetrar profundamente en la realidad más íntima de la santidad de Dios. Apenas podemos vislumbrar algo de su inefable misterio y es suficiente para llenarnos de asombro. Mirando la humanidad de Jesús, vemos una armonía, un orden y un equilibrio que nos fascina.

La misericordia es la manifestación del amor. El pasaje evangélico recuerda las palabras de Jesús que inspiraron a Madre Elisa: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Estas son las palabras fundamentales que guiaron la vida y la santidad de Madre Elisa y constituyen el carisma fundamental que debe guiar el camino de su familia espiritual.

El Prefacio subraya también que «animados por su testimonio, afrontamos el buen combate de la fe». Al acercarnos al tiempo de Cuaresma, es muy apropiado recordar la dimensión agonística de la vida cristiana. Los cristianos antiguos definían a la persona santa como un “atleta”, alguien que realiza “ejercicios espirituales” para alcanzar el premio. Por tanto, estamos llamados no sólo a contemplar, sino a seguir, imitar y vivir como Cristo siguiendo el ejemplo que nos dejó Madre Elisa.

La lucha de la fe era una empresa difícil en el tiempo de Madre Elisa y lo es aún más en nuestros tiempos. Por este motivo os leeré de nuevo un pasaje del Oficio de Lecturas de hoy. Esta es la frase final de la carta circular enviada en 1977 por Madre Elisa a sus hijas. Me parece una exhortación muy bella. «En este camino –escribe– no estamos solos: con nosotros está Jesús, que nos precede con su ejemplo y nos acompaña con su gracia».

El camino de la vida cristiana es siempre un itinerario comunitario y eclesial. La llamada a la santidad no es una prerrogativa personal, sino una vocación universal. Os lo repito de modo especial a vosotras, queridas Hijas de Santa María de Leuca. Ser parte de una congregación significa no sólo llevar el velo y la vestimenta externa, sino sobre todo vivir un vínculo interno, participar de la vida de la comunidad, sentirse parte de una fraternidad, inspirarse en un mismo modelo de vida, tomarse de las manos y recorrer juntos el mismo camino.

Usted no está solo. Allí está Jesús que te anima y camina contigo. Él –escribe Madre Elisa– «os precede con su ejemplo y os acompaña con su gracia». Es una frase de gran riqueza espiritual. Mientras tanto, Cristo os precede. En el documento con el que inició su ministerio, el Papa Francisco afirma: «La Iglesia “en salida” es la comunidad de discípulos misioneros que toman la iniciativa, que se involucran, que acompañan, que dan fruto y celebran. “Primerear – tomar la iniciativa”: disculpen este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor ha tomado la iniciativa, la ha precedido en el amor (cf. 1 Jn 4,10), y por eso sabe dar el primer paso, sabe tomar la iniciativa sin miedo, sale al encuentro, busca a los que están lejos y llega a las encrucijadas para invitar a los excluidos. Vive con un deseo inagotable de ofrecer misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su poder difusivo”[1].

Jesús está delante de nosotros, camina delante de nosotros y ya está presente allí donde debemos ir. La Iglesia se mueve, impulsada por el Espíritu, para ir allí donde Cristo ya ha llegado. Estamos llamados a evangelizar, es decir, a llegar a Cristo allí donde Él ya está presente. Como el pastor, precede a su rebaño, da ejemplo con su vida, traza el camino y deja las huellas del camino. Queridas hermanas, es la misma Madre Elisa quien nos invita a seguir a Cristo que está delante de vosotras. Es decir, tomarlo como modelo para tu vida.

Él es el modelo ejemplar a seguir y la gracia para realizar concretamente su seguimiento. No basta con saber cómo debemos vivir. También es necesario realizar efectivamente el viaje. Seguir a Cristo es fruto de la gracia. La dimensión ascética y mística van juntas. Necesitamos ver a Cristo para contemplarlo. Pero también necesitamos su ayuda para imitarlo. Ver la belleza de una vida exitosa no es suficiente. También se necesita gracia para reproducir la misma imagen en nuestras vidas.

Uno se sorprende cuando piensa en las dificultades, en las contradicciones, en los sufrimientos que tuvo que afrontar Madre Elisa. A pesar de todo, siguió caminando contra la corriente. A veces, sus propias hermanas se opusieron a ella. Sin embargo, perseveró en su misión de largo alcance, no sólo en nuestro territorio, sino también en otras partes, en muchas otras naciones. Todo esto no es fruto únicamente del esfuerzo humano. Es sobre todo obra de la gracia. Dios precede, acompaña y hace fructificar la vida de los santos.

Al celebrar esta tarde la memoria de la Beata Elisa, queremos considerar su vida como reflejo de la santidad de Cristo y acoger su carisma como don de gracia que nos dejó. El tono cristocéntrico y cristológico de su santidad es la explicación de todo. Demos gracias al Señor por habernos dado a Madre Elisa y sigamos su ejemplo de vida que nos ha mostrado: ser reflejo de la gloria y de la misericordia de Dios.

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