En nuestro mundo, donde las huellas de Dios a menudo parecen perderse, urge un fuerte testimonio profético por parte de las personas consagradas. Se centrará ante todo en la afirmación del primado de Dios y de los bienes futuros, que brota del seguimiento e imitación de Cristo casto, pobre y obediente, totalmente consagrado a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas.

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La vida fraterna misma es una profecía que se desarrolla en el contexto de una sociedad que, a veces sin darse cuenta, tiene un profundo anhelo de una fraternidad sin fronteras. A las personas consagradas se les pide que den su testimonio con la franqueza del profeta, que no teme arriesgar incluso su propia vida. Una íntima fuerza persuasiva deriva a la profecía de la coherencia entre el anuncio y la vida. Las personas consagradas serán fieles a su misión en la Iglesia y en el mundo, si saben revisarse continuamente a la luz de la Palabra de Dios, y así podrán enriquecer a los demás fieles con los bienes carismáticos que han recibido, dejándose interpelar por provocaciones proféticas, provenientes de otros componentes eclesiales. En este intercambio de dones, garantizado por la plena sintonía con el Magisterio y la disciplina de la Iglesia, resplandecerá la acción del Espíritu que “la unifica en la comunión y el servicio, la instruye y la orienta a través de los diversos dones jerárquicos y carismáticos”. (VC 85)

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